El 1° de julio de 1926, La Ciénaga abrió sus compuertas: cien años del día que cambió el sur jujeño.

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El dique La Ciénaga, en el departamento El Carmen, sur de Jujuy
El dique La Ciénaga cumple cien años de la apertura de sus compuertas, ocurrida el 1° de julio de 1926, en los Valles Centrales de Jujuy.

Después de quince años desde el inicio de su construcción, el agua embalsada del dique La Ciénaga empezó a correr con fuerza por los canales del departamento El Carmen. Fue en pleno invierno, cuando más falta hacía. El libro El Dique La Ciénaga · Cien Años, del jujeño Julián L. Morales, reconstruye toda esa historia: de la necesidad de agua en el siglo XIX a la obra que todavía riega los valles y la administración responsable del agua para el siglo que viene.

El 1° de julio de 1926, después de quince años de trabajo en territorio, el agua embalsada del dique La Ciénaga empezó a salir hacia los canales del sistema de riego de El Carmen, en el sur de Jujuy. Hoy se cumplen cien años de aquella jornada. Toda la historia de esa obra, y del siglo que empezó ese día, está reconstruida en el libro El Dique La Ciénaga · Cien Años, del autor jujeño Julián L. Morales.

El libro explica por qué hizo falta un dique. Los Valles Centrales tienen tierra fértil y clima templado, pero todo depende del agua: sin una manera de guardar la del verano para la temporada seca, la producción quedaba a merced de que lloviera. La idea de represar el agua que baja del Perico venía madurando desde el siglo XIX.

Todo esto desde el principio fue una cuestión política, que Morales se toma el trabajo de rastrear. La convicción de que gobernar el interior era gobernar el agua venía de Sarmiento, el sanjuanino criado en una provincia que sin sus canales sería un desierto, que llegó a la presidencia en 1868 con esa idea a cuestas.

Su gobernador jujeño de aquellos años, Soriano Alvarado, era de la misma generación liberal y había llegado al poder en circunstancias de película: cuando el caudillo federal Felipe Varela invadió la provincia en 1867 y el gobernador de entonces evacuó la capital sin pelear, fue Soriano, presidente de la Legislatura, quien juntó tropas en la Quebrada de Humahuaca y le presentó combate en Los Perales. El gesto lo catapultó a la gobernación. Durante años se dio por cierto que su marca más honda había sido un convenio firmado con la Nación para regular las aguas del Perico, la supuesta semilla del dique, y hasta medios serios lo repitieron; Morales revisó esa versión y muestra que no se sostiene.

En 1909 llegó la Ley 6.546 de fondo de irrigación, la llave que abrió la puerta a las grandes obras de agua en la provincia, y ahí comenzó todo hasta que la piedra basal se colocó el 13 de julio de 1911. Fue una epopeya de construir durante años sin parar, con los recursos que hubiera. Las páginas recorren ese obrador y un mundo de trabajo levantado en el sur jujeño; con ingenieros como Outes y Borús primero y Luis Michaud después, y con las cuadrillas de canteros donde los obreros tallaron a mazo y cincel piedra por piedra un murallón de 27,70 metros de altura y 1.250 metros de largo.

Sobre esos canteros pesa el enigma de la tradición oral de la zona, sostiene que la piedra del murallón fue tallada por picapedreros llegados de Persia, la actual Irán. Morales no encontró confirmación, nombre, fecha de llegada, ruta migratoria, ni estudios de historiadores al respecto. A la zona llegaron inmigrantes de Europa y de Asia Occidental atraídos por el comercio, las canteras, la construcción del dique y la agricultura, pero la atribución precisa a picapedreros persas sigue sin prueba.

En 1914 la obra del Dique comenzó a transitar momentos difíciles, cuando la Primera Guerra Mundial desordenó el comercio, encareció el acero y los insumos importados y golpeó las cuentas del Estado argentino. Entre 1913 y 1917 el producto bruto del país cayó un 20% y el ingreso por habitante se derrumbó un 34%, una caída más honda que la de la Gran Depresión.

Durante esos años el dique avanzó lento hasta la década del veinte. El 10 de septiembre de 1922 se celebró la finalización del terraplén con el gobernador Mateo Córdoba y el ingeniero Michaud a la cabeza. Faltando obra como la toma, canales, ordenamiento jurídico, pero por primera vez la empresa dejaba de parecer eterna.

Tapa del libro «El Dique La Ciénaga · Cien Años», de Julián L. Morales«El Dique La Ciénaga · Cien Años», de Julián L. Morales — el libro que reconstruye un siglo de la obra.

El empujón final lo dio Benjamín Villafañe Chaves, gobernador de Jujuy entre 1924 y 1927, un hombre que llegó al dique casi por herencia. Su padre, Benjamín Villafañe Bazán, había sido compañero de Sarmiento en la Asociación de Mayo y estaba obsesionado con los ríos como caminos de progreso, al punto de escribir un libro defendiendo la navegación del Bermejo. El hijo nació sobre ese mismo río y convirtió la idea del padre en obra. Morales lo relata como un intelectual de acción: escribió treinta y tres libros y, durante su gobernación, Jujuy sancionó por ley provincial uno de los primeros antecedentes del aguinaldo en la Argentina, medio mes de sueldo para el personal de servicio de la administración pública, veinte años antes que el decreto nacional. Villafañe pensaba el dique como una cuestión de soberanía. En su manifiesto La Miseria de un País Rico, de 1926, denunciaba que la Argentina sufría una “macrocefalia”: un solo puerto, una sola aduana, una sola cabeza dictando políticas. Que el norte administrara su propia agua era, para él, la respuesta concreta a ese centralismo.

Coherente con esa idea, consiguió un empréstito con los principales ingenios de la provincia para terminar la obra de inmediato. Llegó a la gobernación con el dique en su año trece de construcción y lo abrió con un año de margen.

La apertura se hizo el 1° de julio de 1926, por ser el mes más seco del año en los valles. Villafañe dejó testimonio de esa culminación, en sus memorias, Motivos de la selva y de la montaña, publicadas en 1952, incluyó a La Ciénaga entre las obras que terminó en 1926 y la recordó como una obra que, según sus palabras, había estado “abandonada catorce años” antes de concluirse bajo su gobierno.

El libro también ordena una confusión habitual con las fechas. La Ciénaga tiene dos que suelen mezclarse: el 13 de julio de 1911 de la piedra basal, que marca el comienzo de la construcción, y el 1° de julio de 1926 de la apertura de compuertas, que marca el comienzo de su funcionamiento pleno, ya que antes de esa fecha el embalse ya había permitido sacar algún provecho del agua.

Después vino una transformación lenta y profunda. El agua administrada hizo posible un productor distinto que podía planificar, tomar crédito y asociarse para comprar maquinaria. Después surgió una industria de vinos, pero se fue el vino y vino el tabaco, y así continúa la historia en movimiento.

Cien años después, el trabajo es constante, porque año a año las administraciones provinciales deben asumir el compromiso de pelearle a la sedimentación porque las capacidades en los diques se reducen.

El Dique La Ciénaga · Cien Años empieza preguntándose ¿quiénes somos los jujeños?, y busca la respuesta en la tierra, en el Éxodo con Belgrano, en los silencios de la historia, en la copla, en el carnaval y, sobre todo, en el agua. Jujuy, está representada por la Pacha pero se entiende a través del agua: una provincia donde todo está siempre a punto de desbordarse, el río que en septiembre apenas moja la orilla y en enero pasa por encima de todo. La historia de La Ciénaga es, en ese marco, la forma que encuentra el narrador de contar de dónde venimos. Por eso no termina en 1926, en un mundo donde los glaciares retroceden y cinco mil millones de personas pueden enfrentar escasez de agua, deja planteada la pregunta ¿a dónde vamos? ¿Jujuy llegará al futuro con el embalse lleno de agua o de barro?

El Dique La Ciénaga · Cien Años, de Julián L. Morales (ISBN 978-631-01-6050-4)